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En la época en que estuve en la
Escuela Primaria “ Leona Vicario”, la situación económica de mi
madre era muy precaria, pues mi madre con mis hermanos mayores
se había ido a México D.F., y no teníamos noticias de ellos,
después supe que mi padre murió en México en 1936, así es que
con muchos trabajos terminé mi educación primaria en el año de
1942, diciendome mi madre, hijo ya no puedes seguir estudiando,
tienes que decidir que oficio quieres aprender para poder seguir
adelante. Esta situación era muy común en ese entonces, pues
solo había una escuela secundaria en Tapachula, la cual estaba
ubicada en la calle central poniente entre 2a. y 4a. av. norte
precisamente donde hoy se encuentra el edificio del S.A.T.
Servicio de Administración Tributaria. (Hacienda).
Me decidí por aprender la
Mecánica Automotriz y en consecuencia mi madre le habló al
maestro Celestino Martínez, que tenía el taller “México” en el
número cuatro de la primera calle poniente, junto al edificio
que ocupa actualmente Teléfonos de México, S.A. hoy se encuentra
un estacionamiento, propiedad de Victor Manuel Martínez Estrada,
hijo del maestro Celestino.
En mis tiempos habían pocos
maestros mecánicos, entre ellos el maestro Adolfo Magaña, que
tenía su taller en la esquina de central norte y 1a. oriente,
hoy se encuentra en es ese lugar el edificio de DIVERTIVIAJES,
era muy buen mecánico y en algunas ocasiones fungió como perito
mecánico de tránsito, el maestro Alberto Romero. Que era
mecánico del japonés Don Felipe Yamasaky cuando este tuvo la
Agencia de la FORD en Tapachula, la cual estaba ubicada en lo
bajos del edificio, por cierto muy bien construido que se
encuentra aun en la esquina sur poniente de las centrales.
Recuerdo una anécdota de Don
Felipe Yamasaky, pues yo iba a comprar las refacciones a la FORD
y en cierta ocasión un aprendiz estaba haciendo mucho ruido
dentro del taller que se encontraba al fondo y por tal motivo
don Felipe no oía lo que yo le pedia y entonces grito: “Beto,
Beto,metero ra pata, sacaro ra calle” le decía en buen español
que sacara a la calle a la persona que estaba haciendo mucha
bulla. (Ruido).
Al maestro Celestino le decían
“El Negro”, pues era bastante moreno, alto y muy fuerte, muy
buen mecánico tenía su titulo de la National School, pero tenía
también un carácter bastante fuerte, cuando pedía una
herramienta que necesitaba. Esta deberían llevarsela al
instante, porque si no, lanzaba a los aprendices algún objeto o
llave con que estuviera trabajando. Supongo yo era algo listo,
pues llegué a ser como vulgarmente se dice “su dedo chiquito” y
a mi me confiaba las llaves de su taller en donde guardaba sus
herramientas. Estuve en el taller, como año y medio ó un poco
más y lo más que me llego a dar como pago, fueron 7.00 pesos a
la semana, de aquellos de a 0.720 de plata, que si valían, eran
muy sonoros cuando caían sobre las banquetas o los sonabas
dentro de tu bolsa. Las gentes de ese entonces, decían, no hay
mejor amigo, que un peso en la bolsa. (hoy nuestra moneda da
vergüenzas y vale menos que nada).
Como yo era de las compras, iba
por grasa, petróleo o gasolina a comprarlos a un negocio que
estaba en el numero 12 de la 2a. avenida norte y el español que
lo atendía, me decia constantemente chamaco, vente a trabajar
conmigo, te voy a pagar el doble de lo que te paga el “maistro”
mecánico, vas a entrar y salir a tus horas y no vas a andar todo
el tiempo “chorreado”. Tanto insistió Don Francisco Aguirre
Amastegui, pues así se llamaba el español que atendía el
negocio, que al fin acepté, pues los 7.00 pesos que me daba el
maestro Celestino Martínez, no alcanzaba ni para lavar la ropa y
no aliviaban en nada mi situación económica, a más de que todos
los sábados que era el día de pago el maestro se salia en su
bicicleta y cuando regresaba era ya de noche y algunas veces no
llegaba, yo cerraba el taller y nos ibamos para regresar por “El
Chivo” el domingo.
CONTINUARA... |